Políticamente, será raro este 2103, especialmente por los comicios de renovación parlamentaria a mitad del mandato de la segunda gestión de Cristina Fernández. Los resultados, analizados con lupas sectoriales, determinarán si se aplazó o si se aprobó su administración. Es lo normal, pasó en 2009. Lo curioso estará del lado de las lecturas de electores y dirigentes tras 12 años de continuidad kirchnerista-cristinista en el poder. Mientras los ciudadanos estimarán que estarán designando a sus representantes en el Congreso, los políticos estarán eligiendo los candidatos para 2015 en función de evaluar el significado de los votos. A nivel nacional, los comicios definirán qué deberá hacer la Presidenta: reformar la Constitución para habilitar la "re-re" o bien pensar en un sucesor.

Por de pronto, la decisión tomada por el Gobierno en las últimas horas de 2012 para que se unifiquen los comicios parlamentarios es una acción que muestra el temor del oficialismo a eventuales derrotas parciales que puedan generar un clima de opinión adverso a la administración nacional. Muchos gobernadores, incluyendo a Alperovich, aceptarán resignados la iniciativa ya que les recorta capacidad de maniobra. El razonamiento es sencillo: cuando los gobernadores desdoblan los comicios es para evitar el arrastre negativo de la Nación, cuando la Nación unifica es para usufructuar el arrastre positivo de algunas administraciones provinciales. Ergo, el cristinismo aspira a disimular una eventual derrota o a lograr una victoria general con las primarias abiertas, simultáneas y obligatorias (en 2011 fueron el 14 de agosto, con cifras muy favorables al oficialismo).

Es decir, el poder central se quedó sin opciones: tiene que ganar o ganar, sino es el fin del cristinismo kirchnerista. Eso, dicho con algo de dramatismo, es lo que determinará las conductas fundamentalistas de los K en pos de la Cristina eterna, porque esa alternativa garantiza a muchos mantener sus privilegios. La derrota hará que el peronismo empiece a mirar a los sucesores, a aquellos que ya han comenzado a acomodarse con cierta independencia frente a la posibilidad del cierre de una etapa política que comenzó en 2003. En síntesis, más allá de los nombres, nuevos o no, que ingresen al Congreso este año, lo que interesa es develar si los resultados marcarán el inicio del fin de la continuidad y el comienzo de una nueva etapa o bien, la continuidad del modelo actual. Es lo que mantendrá en ascuas en estos meses a los que están a la vuelta de la mesa del poder.

En Tucumán, ¿qué cabe esperar políticamente de los resultados parlamentarios? Atendiendo a las votaciones de los últimos 10 años, no cabe esperar más que una victoria del alperovichismo. Para el Poder Ejecutivo lo ideal sería repetir lo de 2005, cuando obtuvo las cuatro bancas en juego; sin embargo, no hay tanta confianza: se habla de tres y uno. Claro, eso es hoy, a meses de las elecciones. Y si bien hay elementos que pueden influir, el futuro de Alperovich no está tan atado al resultado. Para él se trata de seguir o no seguir. El cómo -para ambos casos- es la principal dificultad del mandatario. Si decide seguir, se vendrá la reforma constitucional para habilitarlo por otro período más o indefinidamente, como pretendía un ministro del PE antes de los cambios a la Carta Magna de 2006. Si resuelve abandonar la Casa de Gobierno se potenciará el drama de la sucesión. Un grupo de colaboradores, identificados como "rojkesistas de la primera hora", han puesto la mirada -y sus acciones- en pos de la que consideran la "heredera natural": Beatriz Rojkés. Alperovich, dicen, ya habría bendecido a un sucesor dándole palmadas en el hombro: Juan Manzur. Sin embargo, para todo, aún falta bastante.